Pese a la numerosa documentación histórica, legal y testimonial, a los juicios por violaciones a los DDHH ocurridos en la dictadura y a las comisiones que han buscado la reparación de las víctimas desde que se retornó a la democracia en 1990, aún queda un porcentaje no menor de la población que evita hablar o recordar la violación sistemática de los DDHH, incluso reconocer dichos hechos, siendo muchos de ellos adultos jóvenes nacidos en democracia, herederos de la ideología y discursos de sus padres.
Dentro de las frases que se escuchan en la sociedad chilena es “Algo habrán hecho” (para merecer torturas, exilio o la muerte), pero ¿Cómo llegar a concientizar a dicho grupo si por la misma evitación y negación no van a buscar activamente encontrarse con el relato que constituye la memoria de dicho período y si la historia de Chile en los colegios llega hasta 1973 (por lo menos para los que salimos del colegio en la década de los 90)? Es por eso que planteo la importancia del cine “de ficción”, ya que dicho grupo etario es el que más cine consume, en la recuperación y adquisición de la memoria histórica no solo del período de dictadura en Chile si no de las violaciones a los Derechos Humanos en general.
Daniela Ramírez, actriz y protagonista de “Los Archivos del Cardenal” (serie de TVN sobre los casos recibidos en la Vicaría de la Solidaridad) dijo en una entrevista: “no sabía qué era eso (la vicaría) y eso me preocupó”…”tengo 24 años y creo que existe una distancia muy grande de mi generación con ese tema” y sobre que la enamoró de ese proyecto “la oportunidad real de hacer memoria… Si trabajaba en televisión quería tener la posibilidad de hacer algo que ayudara a que mi generación entendiera un poco cómo se construyó este país en ese tiempo”.1
En esa cita de una joven común, ignorante en gran parte de lo sucedido en dictadura, queda claro lo necesario de la memoria para entender al País y a nosotros mismos, para hacer justicia, porque el deber de la memoria es el deber de hacer justicia, por el recuerdo, a otro y a los otros que han vivido antes que nosotros2. Pero en palabras de Winnicott frente a la falla ambiental en su calidad de invasión traumática se presenta una discontinuidad en el existir y si no se existe difícilmente se puede hablar de una experiencia propiamente tal (con sus características de personal, omnipotente clasificable y memorizable). Lo traumático al no ser propiamente una experiencia, no se constituye como memoria, por lo tanto no puede ser recordado ni olvidado. En el trabajo psicoterapéutico la víctima experimenta por primera vez ese hecho traumático y así permite que sea construido como recuerdo3. Es ese justo el punto en donde al rearmar la memoria se hace necesaria y exigible la ayuda de la imaginación o como dice Ricoeur “La ficción da ojos al narrador horrorizado”4. La ficción se coloca al servicio del recuerdo, enriqueciendo el relato y volviéndolo más accesible no solo a las propias víctimas si no también a todos.
Pero ¿cómo pretender que una historia representada en la pantalla de cuenta de la memoria de ese tiempo? Partamos de la base que todo cine es subjetivo, incluso el documental, ya que lo que vemos pasa por la visión del equipo a cargo de la película, esto es el lugar de las cámaras, iluminación, edición y montaje, duración, etc., un documentalista elige el tratamiento que va a tener el tema que quiere mostrar dando más o menos minutos a los diversos testimonios, aunque quiera mostrar las diversas lecturas de la historia (cosa muy difícil y pocas veces vista), pero no por esta subjetividad se le resta valor a lo expresado.
Es como, aunque en otra expresión artística incluso más simbólica, no dar por hecho que el cuadro “Guernica” de Picasso sobre el bombardeo alemán a la ciudad española del mismo nombre no da cuenta del horror vivido por las víctimas, por mucho que se ocupe el surrealismo para expresarlo. Por otro lado la fotografía de Robert Capa también sobre la guerra civil española donde se muestra un combatiente antifranquista abatido, es clara e indiscutible en su representación del horror de una guerra civil, pero ha sido discutida su autenticidad. Luego de estos ejemplos y volviendo al cine, aunque se discuta su objetividad o si es arte, entretención, espectáculo o documento histórico, se puede decir que el cine es lo que en una sociedad, en un determinado período histórico, en una determinada coyuntura político cultural o en un determinado grupo social, se decide que sea5. El historiador francés Marc Ferro ha puesto en evidencia con gran claridad que el cine puede ser visto como fuente, es decir como factor de documentación histórica (y eso es válido tanto para los films documentales y los de ficción) y como agente de historia6.
Y es en ese encuentro íntimo, ya que al ir al cine se está sólo frente a la pantalla y a merced de las emociones que éste nos evoque, con una película que trate temas de Derechos Humanos, que el espectador tiene la impresión de ser testigo ocular de los acontecimientos y donde la historia da paso a un relato histórico, llenándolo de significado, reflexión e interpretación del pasado. Es así como distintos países con distintos pasados y opciones sociopolíticas han ocupado el cine para educar políticamente a la población y por lo mismo el cine es de las primeras manifestaciones artísticas más duramente censuradas en una dictadura.
Desde el cine mudo con D.W. Griffith y su racista “El Nacimiento de una Nación” (1915) o la rusa “El Acorazado Potemkin” (1925) de S.M.Eisenstein se han ocupado para concientizar a la población de la propia historia, o el más dicotómico caso del cine alemán como “Metrópolis” (1927) de F. Lang, quien hizo también “Los Nibelungos” (1925), cinta ocupada como propaganda Nazi (su esposa y la guionista de sus películas era nacionalsocialista), de la cual él renegó huyendo a EEUU, porque ese es el peligro de la ficción en el rearmar la memoria, a veces los que narran la ficción son enemigos.
El caso de Chile tiene múltiples películas, algunas de los más importantes directores a nivel mundial como el caso de “Missing” (1982) de Costa-Gavras o “La Muerte y la Doncella” (1994) de Roman Polanski o chilenas ganadoras de premios a nivel internacional como “Imagen Latente”, “Tony Manero”, “Post Mortem”, “Dawson Isla 10” o el reciente documental sobre la causa Mapuche “Newen Mapu Che”, que recogen las violaciones a los DDHH y el dolor de las víctimas que quedan.
Estos ejemplos, ampliamente difundidos y representados en nuestros cines (salvo la película de Costa-Gavras censurada en dictadura) pueden perfectamente ser vistos por miles de personas que hasta ese momento, pese a ser parte de la historia nacional, se mantenían ajenas a los relatos de violaciones de DDHH. Pueden, sin quererlo, encontrarse en una sala oscura, seguros, donde no van a ser juzgados por sus emociones ni van a correr peligros pese a constatar las más atroces historias, y quizás puedan comenzar a integrar esos relatos, esas imágenes, a sus propios relatos y opiniones. Permeabilizar sus mentes y comenzar a entender que la historia de Chile y la reconciliación necesita del reconocimiento de aquellos que aunque no hayan sido victimarios directos, se mantienen en la evasión o peor aún en la negación o la justificación de esa triste parte de nuestro pasado. Sólo con ese reconocimiento social nos aseguramos que haya un “Nunca Más”
1) Factor Esperanza, Revista Mujer de diario La Tercera. Santiago: 36-39.
2) Silva E. (2005): Memoria, Justicia y Perdón. En Lira E., Morales G. (ed.) Derechos Humanos y reparación: una discusión pendiente, LOM Santiago: 25.
3) Jordan-Moore J.F. (1992): Experiencia, Trauma y Recuerdo. A propósito de un texto e Winnicott. Gradiva 3,2: 157-164, Santiago.
4) Ricoeur P. (1985): Temp et Récit III. Le Temps Raconté. Paris, Seuil: 274
5) Costa A. (2007): Saber ver cine, Buenos Aires, Paidós: 30.
6) Ferro M. (1980): Cine e Historia, Barcelona, Denoël-Gonthier.
Dr. SEBASTIAN OLIVARES SOLAS. Psiquiatra. Fanático de Stephen King, Drácula y el cine de Amenábar, Kim Ki Duk y Aronofsky. Su gusto por el cine lo heredó de su abuelo aunque fue sólo luego de los 20 años que descubrió el Cine de Terror, su género favorito hasta ahora. Asiste hace cinco años a los Talleres de Apreciación cinematográfica de Cine Hoyts. El presente texto es un ensayo para el curso “Etica y DD.HH.” del diplomado “Trauma y psicoanálisis relacional” de la Universidad Alberto Hurtado.